Pasos Descalzos Entre Dos Trincheras y la Declaración en Nombre del Señor
Cuando Goliat rugió maldiciendo al joven pastor que venía con un palo y prometió dar su carne a las aves del cielo, David tocó las cinco piedras frías en su zurrón y respondió con el grito de fe que estremeció todo el valle de Elá.
EN NOMBRE DEL SEÑOR
Las sandalias claveteadas de bronce de Goliat trituraban los cardos secos en el fondo del valle de Elá. Delante del gigante marchaba su escudero cargando el enorme escudo del tamaño de un hombre, abriendo paso a aquella fortaleza viviente que avanzaba hacia el retador recién salido del arroyo. Al principio, deslumbrado por el reflejo del sol en su propio casco, Goliat creyó que el rey Saúl había enviado por fin a su campeón más temido. Pero cuando la distancia se redujo a unas pocas decenas de pasos, el coloso se detuvo en seco. Sus ojos inyectados en sangre bajo la visera de metal se entrecerraron con estupor y enseguida ardieron de desprecio.
Frente al campeón de Gat no había coraza, ni escudo, ni espada. Solo estaba un muchacho de diecisiete años, rubio, de hermoso semblante y complexión delgada vestido con una sencilla túnica de pastor. En la mano izquierda llevaba su cayado de madera; a la cintura, la bolsa de cuero; y en la mano derecha dejaba colgar las correas de una honda. A los ojos de un guerrero que adoraba la fuerza bruta y el hierro, aquella escena no era un combate; era una burla intolerable contra su honor militar.
La Burla del Gigante y la Maldición en Nombre de los Ídolos
La furia encendió el rostro de Goliat. Clavó contra el suelo el asta de su lanza con punta de seiscientos siclos de hierro, levantando una nube de polvo rojizo, y bramó para que lo oyeran las dos colinas: «¿Acaso soy yo un perro, para que vengas contra mí con palos?» Su voz retumbó como un desprendimiento de rocas en la garganta del monte. Siguiendo el rito bélico antiguo, comenzó a maldecir a David invocando a Dagón y Astarté, los falsos dioses filisteos, jurando que la sangre del muchacho empaparía la arena ardiente del valle.
Fuera de sí, Goliat agitó su brazo forrado de bronce e intimó al joven a acercarse: «¡Ven acá, y echaré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo!» En lo alto de la ladera oriental, miles de soldados de Israel cerraron los ojos. Muchos apartaron la cara para no presenciar el instante en que el hijo menor de Jesé fuera atravesado por aquella lanza descomunal como un cordero indefenso. Los propios hermanos de David hundieron las uñas en las piedras de la trinchera con el corazón encogido.
Abajo, sin embargo, bajo el sol abrasador del valle, la respiración de David no se alteró ni un instante. Se mantuvo erguido, con los pies bien plantados sobre la grava de la tierra de Judá. Mientras Goliat vociferaba, la mano derecha del joven se deslizó en silencio dentro de su zurrón de pastor. Las yemas de sus dedos rozaron la superficie fresca y pulida de las cinco piedras lisas recién sacadas del agua del arroyo. El frío y el peso compacto de la caliza transmitieron a su brazo una serenidad sobrecogedora: la paz de quien sabe con certeza que no está solo en el campo de batalla.
El Secreto de la Mirada de Fe: Medir al Enemigo Ante Dios y No Ante Uno Mismo
David comprendía la enfermedad espiritual que había paralizado al ejército de Saúl. Durante cuarenta días, cada soldado de Israel había comparado su propia estatura con los tres metros de Goliat y por eso había caído en el pánico. David hacía la cuenta inversa: ¡comparaba los tres metros de Goliat con la grandeza infinita del Creador del cielo y de la tierra! Ante Aquel que sostiene las galaxias en la palma de su mano, el gigante acorazado no era más que una mota de polvo soberbia a punto de desplomarse.
El muchacho alzó la voz para responder. El timbre de quien acostumbraba cantar salmos en las madrugadas de Belén resonó limpio y firme, cortando el aire espeso del valle: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a los que tú has desafiado.» Ni una sola palabra de alarde sobre su puntería. Ni un rastro de arrogancia juvenil. Todo el peso de la respuesta de David descansaba por entero en el Santo Nombre de Dios, a quien Goliat se había atrevido a insultar durante cuarenta días.
Cada frase siguiente de David sonó como la sentencia de un profeta más que como la réplica de un combatiente. Señalando con su cayado hacia la frente del filisteo, anunció que hoy mismo el Señor lo entregaría en sus manos, que lo vencería y le cortaría la cabeza, y que entregaría los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra, para que todo el mundo supiera que hay un Dios en Israel.
La Proclamación Profética que Invirtió el Miedo en el Valle
El vuelco interior se produjo en ese mismo segundo en mitad de la llanura. El coloso que instantes antes amenazaba con dar la carne de su rival a los buitres escuchaba ahora cómo aquella misma sentencia caía sobre su propia cabeza y sobre todo su campamento. Goliat quedó petrificado por una fracción de segundo. Por primera vez desde su juventud guerrera, el campeón de Gat se topaba con un adversario que no retrocedía ante su rugido ni miraba con terror el hierro de su lanza.
Herido en su soberbia frente a decenas de miles de testigos en ambas laderas, Goliat soltó un bramido salvaje. Apartó de un empujón a su escudero y empezó a avanzar con pasos pesados hacia el joven para aplastarlo de un solo golpe. El polvo se levantaba en remolinos bajo sus grebas de bronce. La distancia entre los cincuenta y siete kilos de metal y la túnica ligera de lino se acortaba metro a metro.
Cuando la Primera Piedra del Arroyo Se Ajusta al Cuero de la Honda
En el preciso instante en que aquella mole de bronce se puso en marcha, David no se quedó quieto esperando. Tampoco retrocedió un solo palmo. Su mano derecha sacó del zurrón una piedra lisa y grisácea, todavía húmeda del arroyo de Elá, y la encajó en el hueco de cuero de su honda. Y ante la mirada atónita de los dos ejércitos, el joven pastor echó a correr de frente hacia el gigante.
“David le contestó: —Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a los que tú has desafiado.”— Primer Libro de Samuel 17:45
Señor Dios todopoderoso, cuando las amenazas y tormentas de la vida rujan queriendo paralizar nuestra alma, pon en nuestros labios la confesión valiente de David. No permitas que desfallezcamos mirando la fragilidad de nuestras manos vacías, sino haznos alzar los ojos hacia tu Santo Nombre, nuestra roca y salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas
¿Por qué dijo Goliat '¿Acaso soy yo un perro, para que vengas contra mí con palos?' (1 Samuel 17,43)?
¿Qué significa el título 'Señor todopoderoso / Señor de los ejércitos' (Yahvé Sebaot) que invoca David?
¿Era la honda de pastor un arma realmente letal en la guerra antigua?
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