El Muelle de Roca de Kalaupapa y la Tierra Donde Nadie Enjugaba las Lágrimas
En la mañana del 10 de mayo de 1873, el vapor Kilauea deja al joven sacerdote belga al pie de los acantilados verticales de seiscientos metros de la península maldita de Kalaupapa; frente a ochocientos enfermos de lepra abandonados a la putrefacción, el Padre Damián guarda sus guantes de lino blanco en el bolsillo de la sotana para tocar la primera llaga con las manos desnudas.
MANOS SIN GUANTES
Las olas pesadas del océano Pacífico rompían con estrépito contra los bloques de basalto negro, salpicando espuma salada sobre la sotana negra del sacerdote de treinta y tres años que se mantenía en pie en la proa de la barca. En la mañana del sábado 10 de mayo de 1873, el vapor Kilauea había echado el ancla a varios centenares de metros de la costa norte de la isla de Molokai porque ningún marinero de la tripulación se atrevía a acercar el buque a las rocas. El terror al contagio les helaba la sangre. Incluso las reses traídas como alimento eran empujadas directamente al mar para que nadaran solas hacia la orilla, mientras cincuenta nuevos enfermos de lepra arrancados de sus hogares en Honolulu se encogían en el fondo del bote como condenados al patíbulo.
Ante los ojos de Jozef De Veuster —el hijo de labradores flamencos de Tremelo, en Bélgica, que en la Congregación de los Sagrados Corazones había tomado el nombre de Padre Damián— se alzaba una muralla volcánica vertical de más de seiscientos metros de altura que encerraba la península de Kalaupapa y el valle de Kalawao lejos del resto de la tierra. Detrás de aquel precipicio gris envuelto en nubes no existía sendero alguno para escapar a pie, y por los otros tres costados rugía el mar abierto erizado de arrecifes cortantes y tiburones. Desde 1866, cuando el rey Kamehameha V decretó la reclusión perpetua para frenar la epidemia del mal de Hansen en el archipiélago de Hawái, aquella lengua de lava se había convertido en una cárcel natural sin barrotes donde los vivos eran sepultados antes de expirar.
La Muralla de Seiscientos Metros y los Guantes Blancos en el Bolsillo de la Sotana
Cuando la quilla de madera rozó la laja resbaladiza cubierta de musgo marino, el obispo monseñor Louis Maigret contempló desde la borda del vapor al joven misionero que se había ofrecido como voluntario para ocupar el puesto de su hermano enfermo en Europa. El anciano prelado pronunció una bendición ahogada por el llanto, sabiendo que ningún médico ni sacerdote extranjero había entrado jamás a residir en Kalawao. El Padre Damián llevaba consigo únicamente la sotana puesta, el Breviario desgastado y un par de guantes de lino blanco inmaculado que un bienhechor de Honolulu había puesto en sus manos antes de zarpar con una advertencia tajante: «¡Padre, lleve siempre puestos estos guantes; jamás roce con su piel la carne de esa gente!»
Al avanzar sobre la costra de lava cortante hacia el poblado de Kalawao, el cuadro que apareció bajo el sol implacable del mediodía oprimió el pecho del joven sacerdote como una tenaza de hierro. No existían viviendas dignas de ese nombre. Más de ochocientas personas —desde ancianos ciegos hasta niños de siete y ocho años arrancados a gritos de los brazos de sus madres en los muelles de Honolulu— se hacinaban en chozas improvisadas con ramas secas de pandano, hierba podrida y cueros de vaca malolientes. Un hedor insoportable a carne gangrenada, pus seco pegado a los harapos y licor fermentado de raíz de ki flotaba en el aire espeso, haciendo que una hiel amarga subiera a la garganta del misionero.
No había médico. No había enfermero. No había siquiera una venda limpia ni una cañería de agua dulce que llegara hasta las chozas. Los moribundos yacían directamente sobre el barro húmedo invadido de gusanos; cuando expiraban de madrugada, sus compañeros apenas tenían fuerzas para arrastrar los cadáveres hasta fosas superficiales en la arena, donde los cerdos salvajes y los perros hambrientos escarbaban la tierra por la noche. Más desgarrador aún que la ruina del cuerpo era el derrumbe moral: declarados «civilmente muertos» por las leyes del reino, despojados de su familia y de su nombre, muchos se hundían en la embriaguez furiosa, la violencia y aquel grito desesperado que corría de boca en boca: «¡En esta tierra ya no hay ley, ni tampoco hay Dios!»
La Primera Noche Bajo el Árbol Hala en el Cementerio de los Vivos
Durante su primera noche en la isla de la muerte, el Padre Damián no halló un solo rincón bajo techo donde recostar la cabeza. Extendió su capa negra sobre las raíces nudosas de un viejo árbol hala junto al cementerio barrido por el viento del mar y permaneció en vela bajo las estrellas frías. El silbido del vendaval entre las hojas espinosas se mezclaba con los gemidos roncos de laringes perforadas por la lepra que brotaban de las cabañas cercanas. En aquella oscuridad cerrada, el instinto humano de conservación de un joven flamenco de treinta y tres años, acostumbrado a cargar sacos de trigo en los campos de Flandes, se estremeció ante la certeza de que sus propios dedos vigorosos acabarían cayendo a pedazos sobre aquella misma arena.
Al despuntar el alba rojiza sobre la cresta de los acantilados del Pali, un nativo llamado Hoolehua se arrastró fuera de una choza de pasto podrido a pocos metros del árbol hala. Su rostro estaba severamente deformado por los tubérculos de la enfermedad, y sus dos pies sin dedos sangraban sobre la tierra negra mientras intentaba alcanzar una calabaza con agua. Habituado durante años a ser espantado a pedradas por los sanos, apenas distinguió la sotana negra del sacerdote extranjero encogió el cuello, se tapó la cara con un trozo de estera rota y gritó con voz desgarrada: «¡No se acerque! ¡Aléjese, padre! ¡Me estoy pudriendo vivo!»
El Padre Damián detuvo el paso. Su mano derecha palpó el bolsillo lateral de la sotana, donde el par de guantes de lino blanco seguía doblado debajo del Rosario de madera. Aquel instante decidía el rumbo entero de los dieciséis años que le quedaban de vida. Si se calzaba aquellos guantes blancos para guardar la distancia higiénica de los funcionarios reales que arrojaban sacos de víveres desde lejos, seguiría siendo para siempre un guardián compasivo que miraba a los condenados desde la orilla segura del abismo. Pero el Jesucristo del Evangelio jamás había tocado a un leproso a través de una tela aislante.
El Instante en Que Guardó los Guantes y el Contacto Que Rompió el Destierro
El joven sacerdote sacó los guantes blancos de lino, los miró durante un segundo, los enrolló con fuerza y los hundió hasta el fondo oscuro de su bolsillo. Dio dos pasos al frente y cayó de rodillas con ambas piernas sobre el lodo impregnado de sangre y polvo junto a Hoolehua. Sin vacilar, las manos desnudas, cálidas y encallecidas del hijo de campesinos belgas se posaron directamente sobre los hombros temblorosos del enfermo. Tomando la calabaza de agua fresca, Damián lavó con sus propios dedos las costras de sangre negra y arena adheridas a la úlcera abierta en el pie de aquel hermano desconocido.
Hoolehua quedó petrificado. Hacía cinco años, desde el día en que los guardias lo habían empujado a culatazos hacia la bodega del barco en Honolulu, ninguna mano sana había rozado su piel. Lágrimas ardientes brotaron de sus cuencas inflamadas y sin pestañas, cayendo sobre el dorso de la mano descubierta del sacerdote. Alrededor del árbol hala, decenas de siluetas mutiladas empezaron a asomarse desde las puertas de las chozas sombrías. Contemplaban en silencio absoluto a aquel hombre de sotana negra que rasgaba su propia camisa interior de algodón blanco para vendar, sin guantes, la herida de un moribundo.
El Juramento Bajo el Árbol Hala y la Tormenta Tropical que se Desplomaba
Poniéndose en pie en medio del círculo de hombres, mujeres y niños desfigurados que contenían el aliento, el Padre Damián alzó el pequeño Crucifijo de madera en su mano desnuda manchada con la sangre del enfermo. En la lengua hawaiana que había aprendido durante nueve años de misión en la isla grande, su voz recia resonó sobre el bramido de las olas: «¡Hermanos míos! Yo no he venido a Molokai para pasar unas semanas y volverme en el próximo barco a Honolulu. Desde esta hora, Kalawao es mi casa, ¡y yo soy el padre que se quedará a vivir y a morir con ustedes!» Pero aquella misma tarde, un temporal tropical se desplomó desde las cumbres, arrancando los techos podridos de las chozas y dejando al descubierto cadáveres sin enterrar en el barro, lanzando al joven sacerdote desarmado a su primera batalla contra la muerte.
“Jesús tuvo compasión de él; lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio!”— Evangelio según San Marcos 1:41
Señor Jesús, que movido a compasión extendiste tu mano para tocar al leproso cuando el mundo entero huía de su presencia. Concédenos la valentía ardiente de San Damián en las rocas de Kalaupapa, para que sepamos despojarnos del egoísmo y del miedo a perder nuestras seguridades, inclinándonos con ternura sobre los hermanos olvidados y heridos. Amén.
Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas
¿Por qué el reino de Hawái confinaba a los enfermos de lepra en la península de Kalaupapa en Molokai?
¿Quién era San Damián de Molokai antes de llegar a la isla de los leprosos en 1873?
¿Qué significado espiritual tiene el gesto del Padre Damián de guardar los guantes en el bolsillo y usar sus manos desnudas?
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