La Moneda de Oro de la Viuda Pobre, el Confesionario al Alba y la Última Misa
A partir de una pequeña moneda de oro guardada en el bolsillo del hábito y de la compasión por los campesinos que morían en carros de mulas sin médico, el sacerdote que pasaba dieciocho horas diarias en el confesionario levantó sobre la roca árida un hospital monumental, antes de que sus cinco llagas desaparecieran sin dejar cicatriz en la hora de su muerte.
SIN RASTRO ALGUNO
A las cuatro de la madrugada en la cumbre del monte Gargano, la escarcha cubría de blanco los escalones de piedra frente a la pequeña iglesia de Nuestra Señora de las Gracias. Mientras el resto de Italia aún dormía, miles de peregrinos aguardaban ya en fila bajo la luz temblorosa de los faroles a que se abriera el portón de madera. Adentro, el Padre Pío estaba despierto desde las dos y media de la mañana, pasando las cuentas del Rosario para prepararse a una Santa Misa de dos horas y a una jornada agotadora de dieciséis a dieciocho horas seguidas sentado en el estrecho cajón de roble del confesionario.
El confesionario del Padre Pío no era un despacho de palabras blandas. Era un quirófano del alma. Con el carisma sobrenatural de escrutar los corazones concedido por Dios, el sacerdote de los guantes de lana marrón manchados de sangre recordaba a menudo a los penitentes pecados graves que habían callado por vergüenza o que habían olvidado veinte años atrás. A veces despedía con santa severidad a quien se acercaba sin verdadero propósito de enmienda, pero aquel rigor encendido de amor paterno hacía que los pecadores más empedernidos rompieran a llorar reconciliados con Dios. En 1947, un joven sacerdote polaco llamado Karol Wojtyła se arrodilló ante aquella rejilla de madera; más de medio siglo después, aquel mismo sacerdote, ya como Papa San Juan Pablo II, proclamaría santo al Padre Pío ante el mundo entero.
El Confesionario a las Cuatro del Alba y el Dolor de los Pobres sin Hospital
Sin embargo, el Padre Pío jamás separó la salvación de las almas del alivio del dolor físico de los pobres. Cada vez que salía de la iglesia, se le encogía el corazón al ver a los labradores del Gargano consumidos por la tuberculosis o la malaria, y a mujeres dando a luz en peligro de muerte, sacudidos durante horas en carros de mulas por senderos de piedra rumbo a la llanura de Foggia en busca de un médico. Muchos morían a mitad del camino porque no existía un solo hospital en toda la montaña.
En la noche del 9 de enero de 1940, mientras Europa entera se hundía en el fuego de la Segunda Guerra Mundial y el pueblo de San Giovanni Rotondo apenas contaba con agua corriente, el Padre Pío reunió en su celda a tres amigos leales: el doctor Carlo Kisvarday, el profesor Mario Sanvico y el farmacéutico Pietro Cugino. Sus ojos brillaban bajo las cejas pobladas: «Esta noche comienza nuestra mayor obra sobre la tierra: un gran hospital levantado sobre esta roca, que se llamará Casa Sollievo della Sofferenza: ¡Casa Alivio del Sufrimiento!»
Los tres hombres se miraron atónitos. En plena guerra mundial, sobre un peñasco de caliza árida y sin carreteras asfaltadas, ¿de dónde saldrían miles de millones de liras para edificar una clínica moderna? Sin pronunciar discursos teóricos, el Padre Pío metió la mano enfundada en el guante de lana marrón en el bolsillo profundo de su hábito, sacó una pequeña moneda de oro reluciente y la depositó sobre la mesa de madera: «Una pobre viuda acaba de poner en mis manos esta moneda de oro, ahorro de toda su vida, para nuestra obra de caridad. ¡Yo soy el primer donante!» Luego señaló los planos: en cada enfermo tendido en una cama, los médicos debían servir al mismo Cristo Crucificado.
La Moneda de Oro de la Viuda y el Milagro de Mármol Blanco sobre la Roca
Aquel gesto profético despertó la conciencia de los cinco continentes. Cuando los picos y la dinamita empezaron a romper la roca viva del Gargano en 1947, las monedas ahorradas por mineros, campesinos y viudas del mundo entero —junto con una gran ayuda internacional de la UNRRA gestionada por la periodista británica Barbara Ward— llegaron a San Giovanni Rotondo como ríos de providencia. El Padre Pío vigilaba cada saco de cemento y cada bloque de mármol. Se negó a construir un barracón precario para indigentes: exigió los quirófanos más avanzados de Europa, pasillos llenos de sol y jardines en las terrazas, repitiendo que «en el pobre está Jesús, y para Jesús solo sirve lo mejor».
El 5 de mayo de 1956, el milagro de piedra blanca se alzó majestuoso bajo el cielo del Gargano. Ante el asombro de médicos de todo el mundo, la Casa Sollievo della Sofferenza fue inaugurada con centenares de camas de alta tecnología. De pie sobre la escalinata de mármol del hospital, el anciano fraile encorvado por medio siglo de pérdida de sangre dejó a los médicos su testamento espiritual: «Ustedes tienen la misión de curar la enfermedad, pero si no llevan amor al lecho del enfermo, las medicinas servirán de muy poco. ¡Lleven a Dios a los enfermos: eso valdrá más que cualquier remedio!»
Durante los doce años siguientes, mientras el hospital en la montaña salvaba decenas de miles de vidas y los «Grupos de Oración del Padre Pío» se extendían por toda la tierra, las fuerzas físicas del padre espiritual se consumían como un cirio que llega a su fin. En septiembre de 1968, a los ochenta y un años, el Padre Pío necesitaba silla de ruedas tras cincuenta años de hemorragia diaria y bronquitis crónica, pero seguía levantándose antes del alba para celebrar la Misa y absolver a los penitentes.
Cincuenta Mil Rosas Rojas y la Última Misa del Mártir del Confesionario
El 20 de septiembre de 1968 —quincuagésimo aniversario exacto de la mañana en que había recibido las llagas en el coro de madera—, el altar de Nuestra Señora de las Gracias amaneció cubierto por cincuenta mil rosas rojas enviadas por sus hijos espirituales de todas las naciones. Dos días más tarde, la mañana del domingo 22 de septiembre de 1968, reuniendo su último aliento, el Padre Pío celebró la Misa solemne de las cinco ante una multitud inmensa. Su voz temblaba al pronunciar las palabras de la consagración y, al impartir la bendición final, se desplomó en brazos de sus hermanos de hábito.
Aquella noche, en la sencillez de su celda, el doctor Giuseppe Sala y los frailes capuchinos velaban junto al lecho. El Padre Pío miraba una y otra vez el reloj, pidió confesarse por última vez, renovó sus votos franciscanos y apretó el Rosario entre los dedos. Sus labios murmuraban sin cesar los dos nombres que habían sostenido sus ochenta y un años de existencia: «Gesù... Maria... Jesús... María...» A las dos y treinta de la madrugada del 23 de septiembre de 1968, el sacerdote del Altar y del Confesionario entregó suavemente su espíritu a Dios.
Madrugada del 23 de Septiembre: Cuando Se Retiraron los Guantes por Última Vez
Y en el instante exacto en que los frailes y el doctor Giuseppe Sala se acercaron para retirar por última vez los mitones de lana marrón sin dedos y los vendajes de las manos, los pies y el costado del Padre Pío para amortajar su cuerpo, todos quedaron sobrecogidos de asombro. ¡Las cinco heridas profundas que habían manado sangre fresca todos los días durante dieciocho mil doscientos cincuenta días habían desaparecido por completo! No quedaba sangre seca, ni orificio alguno, y —lo más prodigioso— ¡no había quedado ni siquiera una pequeña cicatriz blanca! La piel de las manos, de los pies y del pecho del anciano de ochenta y un años había quedado íntegra, blanca y suave como la piel de un niño recién nacido, cumpliendo al pie de la letra la profecía de medio siglo atrás: concluida su misión en la Cruz con Cristo, el Crucificado había recogido Sus llagas para revestir a Su siervo fiel con la aurora de la Resurrección.
“El Rey les contestará: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron.””— Evangelio según San Mateo 25:40
Señor Jesucristo, que nos enseñaste que cada gesto de amor realizado con el más pequeño de nuestros hermanos te lo hacemos a Ti mismo. Te alabamos por el testimonio luminoso de San Padre Pío, que unió el Altar de la Eucaristía, el Confesionario de la Misericordia y el Lecho de los Enfermos en un único santuario de caridad. Que la intercesión de San Padre Pío sostenga hoy a todos los médicos y enfermeros, consuele a los enfermos en sus noches de dolor y nos enseñe a vivir cada día su lema: Rezar, Esperar y No Preocuparse. Amén.
Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas
¿Cómo funciona hoy el hospital Casa Sollievo della Sofferenza fundado por San Padre Pío?
¿Es verdad que las cinco llagas del Padre Pío desaparecieron por completo sin dejar cicatriz al morir?
¿Cuándo fue canonizado San Padre Pío y qué día se celebra su fiesta litúrgica?
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