El Ascensor de la Gracia Tras los Muros del Carmelo
Sintiéndose como un grano de arena frente a los grandes santos de la historia, la joven Teresa busca en la Escritura un sendero para los pequeños.
Las mañanas de invierno en el Carmelo de Lisieux eran frías y austeras. Los pasillos de piedra resonaban únicamente con el paso suave de las sandalias y el canto de los salmos. Cuando Teresa Martin cruzó aquella clausura a los quince años en 1888, nadie imaginaba que su voz silenciosa recorrería el mundo entero.
Al leer las proezas heroicas de los antiguos santos, Teresa experimentaba una sincera pequeñez: no se veía como un águila poderosa, sino como un pajarillo de alas frágiles. Sin embargo, sabía con certeza que Dios no podía sembrar en su alma un deseo de santidad que fuera imposible alcanzar.
A finales del siglo XIX comenzaba a instalarse en París un invento reciente llamado ascensor. Abriendo la Sagrada Escritura bajo la lámpara de su celda, leyó en Proverbios 9,4: «Si alguno es pequeño, que venga a mí», junto a la ternura materna de Isaías 66,13. Su corazón encontró de golpe la respuesta.
«El ascensor que ha de elevarme hasta el Cielo —escribió en su cuaderno— son tus brazos, ¡oh Jesús! Para eso no necesito hacerme grande; al contrario, debo seguir siendo pequeña». La santidad dejaba de ser una cima inaccesible para convertirse en abandono confiado.
“En verdad os digo: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.”— Mateo 18,3
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