El Arroyo Tranquilo y el Valor de Cinco Piedras Lisas
Dejando a un lado una pesada armadura de bronce que no era para él, David se arrodilla junto al arroyo claro confiando únicamente en Dios.
En el valle de Elá resonaba la voz imponente de Goliat, cubierto de bronce brillante de pies a cabeza, mientras los soldados temblaban en sus tiendas. El joven David solo había llegado al campamento llevando pan y queso de parte de su padre para sus hermanos, pero su corazón no pudo quedar indiferente ante tanto temor.
El rey Saúl intentó vestir a David con su propia coraza pesada y su espada de bronce. El muchacho apenas podía dar dos pasos dentro de aquel metal prestado. Con una sinceridad valiente, David se quitó la armadura: comprendió que Dios no nos pide fingir ser otra persona para vencer el miedo.
En cambio, se arrodilló junto al arroyo transparente que corría por el valle. Escogió cinco piedras lisas pulidas por la corriente, las guardó en su zurrón de pastor y avanzó llevando únicamente su cayado de madera y su honda sencilla.
«Tú vienes contra mí con espada y lanza —dijo David con serenidad—, pero yo voy en el nombre del Señor». Una sola piedra guiada por la confianza devolvió la paz a su pueblo. Así también esta noche, ningún temor del día de mañana es más grande que el cuidado amoroso de Dios.
“El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”— Salmo 23,1.4
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