🕯 LumenChapel
Crónicas Bíblicas • Capítulo 3 / 3 9 min de lectura

Los Ojos Sanados a las Puertas de Nínive y el Secreto del Compañero Fiel

Durante semanas la madre Ana vigila llorando el cruce polvoriento fuera de Nínive hasta que el perrito de la casa corre por delante rodeando sus pies, anunciando la hora en que la hiel del pez del Tigris limpia la ceguera de Tobit y el guía revela sus alas celestiales.

Letra:

Cada mañana desde que se había cumplido el plazo convenido, Ana dejaba el telar a medias y salía a apostarse en el cruce polvoriento que miraba hacia las montañas orientales fuera de Nínive. El sol abrasador de Mesopotamia le encendía los párpados cansados de escudriñar el camino vacío. Los catorce días imprevistos de fiesta nupcial en Ecbatana, ignorados por los viejos padres, habían vuelto interminable cada atardecer de espera. Ana gemía sin consuelo: “¡Ay de mí, hijo mío, lumbre de mis ojos! ¿Por qué te dejamos marchar tan lejos? ¡Seguro que ha perecido!”. Adentro en la penumbra, el ciego Tobit procuraba sosegarla repitiendo que el guía era hombre seguro, aunque sus propios dedos nudosos apretaban el bastón en silencio contando cada pisada que cruzaba la calle.

Aquella tarde, mientras la caravana con la novia Sara, los siervos y el ganado avanzaba despacio unas leguas atrás, Azarías propuso a Tobías adelantarse los dos a buen paso hasta Nínive para disponer la casa y curar cuanto antes al anciano padre. Antes de divisar las murallas de adobe, el compañero le dio la última indicación precisa: “Lleva ya preparada en la mano la hiel del pez del río Tigris. Apenas tu padre salga a abrazarte, úntale los ojos sin temor; sentirá escozor y se los frotará, pero las manchas blancas se desprenderán y volverá a verte”.

De pronto, sobre la loma rojiza del camino, un pequeño bulto salió disparado por delante de los dos caminantes. ¡El perrito de la casa —compañero silencioso que había trotado casi dos mil kilómetros de ida y vuelta por las sierras heladas de Media— olfateó el humo conocido del barrio y corrió a todo galope hasta la madre detenida al borde de la senda! Saltaba y movía la cola alrededor de la falda de Ana como un mensajero jubiloso que anunciaba la vida antes que cualquier voz humana. Ana bajó la mirada atónita hacia el animalillo cubierto de polvo lejano y, al alzar la frente, vio a su hijo corriendo hacia ella.

Corrió a su encuentro y se colgó del cuello de Tobías bañada en llanto: “¡Hijo mío, ahora que te vuelvo a ver, ya puedo morir en paz!”. El grito de alegría junto al portón hizo que el viejo Tobit se levantara de golpe de su banco en el patio. Olvidando por completo sus cuatro años de tiniebla cerrada, el padre caminó deprisa a tientas hacia el umbral y tropezó contra el escalón de piedra, a punto de desplomarse de bruces. Tobías dio un salto y sostuvo a su viejo padre entre sus brazos firmes.

Allí mismo bajo el sol dorado de la entrada, antes de hablar de plata ni de bodas, Tobías desató el paño pequeño, sopló suavemente sobre los ojos velados de su padre y extendió la hiel amarga del pez del Tigris sobre sus párpados. “¡Ten ánimo, padre mío!”. Durante unos minutos tensos el líquido escoció con fuerza sobre las córneas cubiertas por la nube antigua. Tobit se llevó ambas manos a los lagrimales para frotárselos. Y entonces sucedió la maravilla: desde el borde de sus ojos arrugados se desprendió entera, como una telilla seca de pergamino, la membrana blanca que había clausurado su vista durante cuatro largos años.

El anciano parpadeó deslumbrado. Primero lo envolvió un resplandor tibio del sol de Nínive tras mil cuatrocientas noches seguidas de oscuridad. Enseguida se perfilaron los rostros: las manos curtidas que sujetaban sus hombros, las facciones varoniles empapadas en lágrimas de su hijo Tobías, y las canas de su fiel esposa Ana llorando con las manos juntas a su costado. Tobit estrechó al muchacho contra su pecho bendiciendo a voz en cuello al Dios vivo que lo había probado en la aflicción y ahora tenía misericordia de él devolviéndole la luz para contemplar a su único hijo.

Siete días más tarde llegaron a las puertas de Nínive las acémilas cargadas con Sara, la generosa dote de Ragüel y los diez talentos cabales de plata traídos desde Ragués. Todos los vecinos israelitas del destierro miraban asombrados cómo aquel anciano que hasta la semana anterior necesitaba un lazarillo caminaba ahora erguido y radiante hasta la puerta de la ciudad para recibir a su nuera rescatada de siete duelos mortales. Una segunda boda rebosante de cánticos y gratitud llenó de fiesta el mismo patio donde años atrás habían resonado reproches de miseria.

Pasados los días del convite, Tobit llamó aparte a su hijo para ajustar la paga debida al guía Azarías. Entregarle apenas una dracma diaria resultaba ridículo frente a semejante cúmulo de bendiciones. Tobías dijo a su padre: “Padre, me llevó sano y me trajo sano, cobró él mismo la plata en casa de Gabael, consiguió a mi esposa alejando de ella al demonio y devolvió la luz a tus ojos; aunque le demos la mitad entera de cuanto hemos traído, nos quedaremos cortos”. Puestos de acuerdo, llamaron aparte a Azarías y le rogaron aceptar cinco talentos de plata y la mitad de toda la hacienda traída como salario de hermano.

El viajero los miró con una sonrisa limpia y profunda, pero no alargó la mano hacia una sola moneda. Llevó a padre e hijo a solas dentro de una estancia retirada, cerró la puerta y, por primera vez en toda la travesía, su voz adquirió una majestad sobrecogedora que hizo flaquear las rodillas de ambos. Los exhortó a bendecir a Dios delante de todos los vivientes, enseñándoles el poder inmenso de la oración unida al ayuno y a la limosna —pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado—, y descorrió ante sus ojos el registro oculto de la corte celestial.

“Pues bien, Tobit, mientras tú y Sara oraban, ¡yo presentaba sus oraciones ante la presencia gloriosa del Señor! Y lo mismo hacía yo mientras tú enterrabas a los muertos. Aquella vez, cuando no dudaste en levantarte y dejar servida la comida de Pentecostés para ir a enterrar a aquel muerto, Dios me envió a ponerte a prueba; y ahora también me ha enviado Dios a sanarte, lo mismo que a Sara, tu nuera. ¡Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y que pueden entrar ante su presencia gloriosa!”.

Tobit y Tobías cayeron al instante rostro en tierra, sobrecogidos de santo temor. ¡Aquella noche lejana de Pentecostés en que el viejo había dejado enfriar su plato para recoger un cadáver tirado en la calle, creyéndose solo en medio de un imperio cruel antes de perder la vista bajo un muro polvoriento, un Arcángel del trono de Dios había estado de pie a su costado recogiendo cada gota de caridad para llevarla ante el Altísimo! Y durante meses enteros caminando por pedregales junto al Tigris por el jornal modesto de un peón, aquel joven sencillo no había probado comida mortal alguna: todo cuanto veían había sido ternura de Dios abajándose a caminar al paso cansado del hombre. Cuando padre e hijo osaron levantar la frente tras escuchar “No teman; la paz esté con ustedes”, la habitación estaba vacía: Aquel cuyo nombre es Dios Sana ya había ascendido de vuelta a la gloria.

Por eso la Iglesia Católica custodia desde hace dos mil años el Libro de Tobías dentro de su Biblia de setenta y tres libros como un tesoro irrenunciable. Sus páginas responden de frente a dos heridas vivas de las familias de hoy: la enfermedad larga que tienta de cansancio al que obra bien, y el matrimonio amenazado por el miedo. Tobías te asegura esta noche que ningún pan partido con el necesitado, ninguna madrugada en vela cuidando a un enfermo de tu casa y ninguna oración susurrada de la mano junto a la cama se ha perdido en el aire, porque a tu lado un santo ángel de Dios sigue subiendo cada lágrima hasta el trono divino esperando la hora exacta de desprender todas las nubes de tus ojos.

✦ Palabra de Dios y Reflexión Nocturna
“Pues bien, Tobit, mientras tú y Sara oraban, yo presentaba sus oraciones ante la presencia gloriosa del Señor, para que él las tuviera en cuenta. Y lo mismo hacía yo mientras tú enterrabas a los muertos. Aquella vez, cuando no dudaste en levantarte y dejar servida la comida para ir a enterrar a aquel muerto, Dios me envió a ponerte a prueba. Y ahora también me ha enviado Dios a sanarte, lo mismo que a Sara, tu nuera. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y que pueden entrar ante su presencia gloriosa.”
— Libro de Tobías 12:12-15
Para Meditar en Silencio: ¿Existe alguna obra callada de caridad, desvelo cuidando a un enfermo o plegaria perseverante que llegaste a creer olvidada por el cielo, y que hoy Tobías 12,12 te revela haber sido presentada minuto a minuto por un ángel delante de Dios?

Lleva Esta Reflexión a la Oración

Enciende una vela gratuita de 24 horas por tus seres queridos o entra a orar en la Capilla 3D.