Las Brasas en el Patio y el Canto del Gallo
Siguiendo de lejos en la noche fría de Jerusalén, Simón calienta sus manos junto a un fuego cuyo humo jamás olvidará.
Las noches de primavera en Jerusalén guardan una humedad fría sobre las losas de piedra que cala hasta los huesos de un pescador. Pocas horas antes, en la calidez del Cenáculo, Simón Pedro había asegurado con ímpetu que estaba dispuesto a ir con su Maestro a la cárcel y a la muerte; pero tras las antorchas de Getsemaní, caminaba ahora de lejos.
En medio del patio del sumo sacerdote, los guardias y criados habían encendido unas brasas de carbón —una anthrakia— cuyo resplandor rojizo iluminaba los rostros tensos. Empujado por el frío y por el deseo angustioso de saber qué ocurría adentro, Pedro se sentó entre desconocidos acercando sus manos curtidas al calor.
No fue una lanza romana la que quebró al primero de los apóstoles, sino la mirada atenta de una criada bajo el reflejo del fuego. Tres veces las preguntas lo rodearon junto a las brasas, y tres veces el miedo cerró su garganta hasta negar que conocía a aquel Hombre.
Apenas pronunció la última palabra, un gallo cantó sobre los tejados oscuros de la ciudad. En ese preciso instante, como narra san Lucas con conmovedora sobriedad, el Señor se volvió y miró a Pedro; y recordando la palabra del Maestro, Pedro salió afuera y lloró amargamente.
“Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro; y recordó Pedro la palabra del Señor... Y saliendo afuera, lloró amargamente.”— Lucas 22,61–62
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