Las Segundas Brasas en la Orilla de Tiberíades
Tras una noche de redes vacías en Galilea, el Resucitado recrea el mismo aroma de carbón encendido no para reprochar a Pedro, sino para sanarlo tres veces.
De regreso en las aguas conocidas del mar de Tiberíades, siete discípulos trabajaron toda la noche sin pescar nada. Cuando la bruma del alba comenzaba a abrirse, Alguien aguardaba en la orilla pidiéndoles echar la red a la derecha de la barca. De pronto la malla se llenó con ciento cincuenta y tres peces grandes, y al oír a Juan decir «¡Es el Señor!», Pedro se lanzó al agua.
Empapado y sin aliento, Simón llegó a la arena y se detuvo al percibir un aroma inconfundible en la brisa matutina. Sobre las piedras ardían unas brasas —una anthrakia— con pescado puesto encima y pan recién preparado. El Señor Resucitado había recreado con delicadeza el escenario de la noche más oscura de Pedro para convertirlo en mesa de comunión.
Después de comer, Jesús no le reprochó su caída en Jerusalén. Junto al murmullo sereno del lago, pronunció tres preguntas humildes para curar tres negaciones: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Tres veces respondió Pedro, ya sin presumir ser más fuerte que nadie, apoyándose solo en la mirada de su Amigo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».
Con cada respuesta de amor, el Buen Pastor le confió nuevamente su rebaño —«Apacienta mis corderos... Pastorea mis ovejas»— y selló aquella mañana con la misma invitación del primer día: «Sígueme». Junto a las segundas brasas, la misericordia venció para siempre a la culpa.
“Le dijo por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»... Le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas».”— Juan 21,17
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