Levántate en Plena Noche: Seiscientos Kilómetros de Desierto Para Salvar al Niño
Cuando el aroma de incienso y mirra de los Magos de Oriente aún flota en la pequeña casa de Belén, José salta de su estera en la cuarta vigilia —resguarda la llama del candil de barro tras su manto marrón y guía a María y al Niño por seiscientos kilómetros de desierto antes de que lleguen las espadas de Herodes.
La pequeña estancia de piedra en la ladera de Belén conservaba todavía flotando en la penumbra el aroma cálido del incienso de Sabá y el dejo amargo de la mirra que los sabios de Oriente habían dejado a los pies del Niño pocas horas antes. Afuera, la escarcha cubría las ramas quietas de las higueras. El pueblo entero dormía a pierna suelta. De pronto, en mitad de la cuarta vigilia —la hora más negra antes de romper el alba—, José abrió los ojos de golpe y se incorporó sobre la estera de junco. El pulso le golpeaba fuerte las sienes, pero ni un suspiro sonó en su garganta. Se inclinó despacio y posó su mano callosa con infinita suavidad sobre el hombro de María.
A María le bastó cruzar la mirada limpia de su esposo bajo el hilo pálido de luna para entenderlo todo sin preguntar media palabra. El mensajero del Señor acababa de entrar de nuevo en el sueño del carpintero, y esta vez el mandato quemaba como grito de centinela sobre la muralla: «Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». A menos de diez kilómetros al norte, tras las torres de mármol de Jerusalén, el viejo rey Herodes el Grande —aquel déspota capaz de mandar estrangular a su propia esposa y a dos de sus hijos por pánico a perder la corona— temblaba de cólera al enterarse de que los astrólogos extranjeros habían regresado por otra ruta.
Conviene detenerse un segundo en aquella alcoba a oscuras para medir la fe gigante de José. En su lugar, ¡cuántos reproches habrían brotado al instante de nuestra lengua!: «Señor, ¿acaso este Niño que duerme aquí no es el Hijo del Dios Todopoderoso? ¿Por qué no mandas un solo arcángel a quebrar la espada de Herodes en su alcoba, en vez de obligar a Dios mismo a escapar a escondidas como un niño refugiado sin defensa?». José no formuló ni una sola queja. Entendió de un golpe la ley honda de la Encarnación: Dios había querido entrar de verdad en nuestra carne vulnerable sin escudos mágicos, ¡confiando la respiración física de Su Hijo Unigénito a la ligereza de los pies de un carpintero aquella misma madrugada!
José no aguardó al amanecer para atar fardos pesados. Perder tres horas significaba la muerte, pues la caballería mercenaria de Herodes tardaba apenas una hora larga en galopar desde las puertas de Jerusalén hasta las cuestas de Belén. A tientas pero sin torpeza, las manos firmes del obrero recogieron tan solo los hierros esenciales de su oficio, el odre lleno de agua fresca y aquel mismo candil pequeño de barro cocido que lo había acompañado desde el banco de Nazaret hasta el pesebre de la gruta. Metió el candil dentro de un vaso de arcilla perforado para esconder el resplandor y arropó bien la espalda de María y al Niño Jesús dormido con su grueso manto marrón oscuro de lana galilea.
Cuando el pasador de madera quedó cerrado por fuera sin un solo chirrido, el borriquillo enfiló cuesta abajo por la vereda pedregosa del sur rumbo a Hebrón, lejos de la calzada vigilada de Jerusalén. Y justo al asegurar las correas de la alforja junto a la albarda, José advirtió con un escalofrío de asombro la exactitud callada de la Providencia divina. Hasta la tarde anterior, ¿con qué monedas habría podido un artesano humilde de Galilea pagar agua, grano y salvoconductos a lo largo de seiscientos kilómetros de desierto hasta un reino extranjero donde no conocía a nadie? ¡Aquel cofrecillo de oro fino, incienso precioso y mirra puesto horas antes por unos sabios paganos a los pies del Niño resultaba ser, moneda por moneda, el fondo urgente de exilio preparado por el Padre Eterno para salvarles la vida!
Dios jamás puso en manos de José un plano detallado de los diez años siguientes; le entregó únicamente el pan preciso para cruzar la negrura de aquella noche y una orden escueta: «Quédate allí hasta que yo te avise». Pocas jornadas detrás de sus huellas, el alarido desgarrador de las madres de Belén subiría hasta las nubes cumpliendo el llanto antiguo de Jeremías por Raquel cuando las cuchillas de Herodes segaran a los inocentes. Frente a las sandalias de José, en cambio, se tendía ya la dura ruta costera de la Via Maris: seiscientos kilómetros implacables bajando desde los montes de Hebrón hacia la llanura de Gaza para internarse en el mar blanco de dunas del norte del Sinaí.
Solo quien ha cruzado las arenas del Sinaí en invierno sabe lo que pagaron los tendones de aquel obrero de Nazaret. De día, el viento salobre del Mediterráneo azotaba los párpados irritados y partía los labios resecos; de noche, la helada del desierto caía a plomo bajo la luna plateada, rodeada por el aullido largo de los chacales y la sombra constante de salteadores que acechaban a los viajeros sueltos lejos de las grandes caravanas. Noche tras noche, José caminó la ruta entera a pie junto al ramal del jumento, reservando las fuerzas del animal exclusivamente para María y el Niño. En cada alto breve tras una peña baja, echaba encima de su esposa y de la Criatura su pesado manto marrón de lana, mientras él velaba sentado contra la piedra fría con el cayado de olivo cruzado sobre las rodillas, calentándose apenas las yemas de los dedos al calor diminuto del candil de barro oculto contra su pecho.
Tras semanas agotadoras con las plantas de los pies abiertas dentro de las sandalias gastadas, la franja verde esmeralda del delta del Nilo asomó por fin en el horizonte. Al pisar tierra de Egipto quedaba atrás el filo de las lanzas de Herodes, pero comenzaba otra prueba callada que millones de padres emigrantes conocen en carne propia: levantar el techo desde la nada en suelo ajeno.
En los barrios modestos donde habitaban judíos de la diáspora cerca del Nilo, nadie sabía que aquel forastero cubierto de polvo llevaba en las venas la sangre real de David ni que era maestro carpintero en Nazaret. José ignoraba la lengua cotidiana de los egipcios y desconocía el grano blando de la madera de sicómoro ribereño, tan distinta de la encina y del olivo nudoso de los montes galileos. Aun así, a la mañana siguiente de llegar, abrió su bolsa de cuero, empuñó la sierra y el formón, salió a las plazas de jornaleros aprendiendo palabras sueltas con humildad y dobló los riñones arreglando puertas, bancos y arados ajenos para llevar cada tarde pan tierno, aceite y leche limpia con que alimentar el crecimiento del Hijo de Dios.
La tradición católica contempla aquellos años escondidos en Egipto con una ternura honda: el Salvador del mundo ensayó Sus primeros pasos vacilantes sobre polvo extranjero agarrándose a las rodillas llenas de serrín de un padre refugiado, y Sus oídos humanos aprendieron el sonido vivo de la palabra «Abbá — Papá» escuchando la voz serena, firme y jamás alterada de San José. Hasta el día en que murió el tirano y el ángel descendió por tercera vez en sueños ordenando volver a Nazaret, José mantuvo idéntica estatura: se levantó, recogió el viejo candil de barro y el manto marrón desteñido por el sol del desierto, y emprendió la vuelta sin reclamar honores.
Esta noche, cuando las calles ya han callado y los niños duermen arropados, cuántos padres y madres siguen a solas frente a la mesa contando recibos vencidos o mirando un porvenir incierto. Mira la silueta del carpintero avanzando por el Sinaí con su candil de barro en la mano. La llamita de San José nunca alumbró de golpe seiscientos kilómetros hasta el Nilo: alumbraba un solo paso delante de su sandalia. Y para quien entrega su hogar a Dios, ver claro un paso obediente esta noche basta para cruzar cualquier desierto en paz.
“Cuando ya los sabios se habían ido, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, tomó al niño y a su madre, y salió con ellos de noche camino de Egipto,”— Evangelio según San Mateo 2:13-14
Lleva Esta Reflexión a la Oración
Enciende una vela gratuita de 24 horas por tus seres queridos o entra a orar en la Capilla 3D.