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Santos y Mártires • Capítulo 3 / 3 9 min de lectura

Junto a la Ventana de Ostia Ante la Eternidad: El Testamento de Santa Mónica

Seis meses después de la Vigilia Pascual iluminada en Milán, el navío hacia África aguarda en calma en el puerto de Ostia: madre e hijo se apoyan en una ventana sobre el jardín y rozan en un latido la Sabiduría eterna antes de la fiebre que llevará a Mónica a la Casa del Padre.

Letra:

El agua fresca del Bautismo corrió por la frente de Aurelio Agustín bajo la llama esbelta del cirio pascual, mientras el aroma limpio de cera de abejas y santo crisma llenaba el baptisterio octogonal de piedra en Milán. Era la noche de la Vigilia Pascual, del veinticuatro al veinticinco de abril del año trescientos ochenta y siete. Vestidos de lino blanco a su lado goteaban agua nueva su entrañable amigo Alipio y su hijo adolescente Adeodato, de quince años; recogida junto a la celosía de piedra al fondo, Mónica, a sus cincuenta y cinco años, cerraba los párpados surcados por el tiempo mientras los Salmos antifonales de Ambrosio subían hacia las bóvedas, sintiendo treinta años de espinas desprenderse por fin de su pecho.

Seis meses más tarde, los vientos de otoño teñían de plata y violeta la desembocadura del río Tíber en Ostia Tiberina, el puerto marítimo de Roma. ¡Contemple el círculo admirable trazado por el dedo de Dios! Cuatro años atrás, en el muelle de Cartago, blancas velas romanas habían llevado a un hijo mentiroso lejos de la madre que sollozaba junto a la espuma. Ahora, en el puerto de Ostia, las mismas velas blancas se mecían mansas sobre el ancla aguardando llevar juntos de regreso a África a la madre viuda y al hijo recién bautizado. El barco de la huida se había convertido en nave de comunión.

Reposando de la larga marcha terrestre a través de Italia mientras los marineros aparejaban la bodega, Mónica y Agustín quedaron a solas una tarde silenciosa, apoyados en el alféizar de una ventana de piedra que daba al jardín interior de su hospedería —lejos del estrépito de estibadores y barcazas fluviales. Ninguno de los dos sospechaba que cinco días después unas fiebres implacables la postrarían en cama. Hablando con dulzura, olvidadas todas las heridas pasadas, se preguntaban mutuamente cómo sería en verdad la vida eterna de los santos que ni el ojo vio ni el oído escuchó.

Sedientos de beber en el manantial vivo de Dios, el diálogo de madre e hijo fue ascendiendo peldaño a peldaño por encima de toda hermosura creada. Juntos elevaron la mirada más allá de las hierbas verdes del patio, más allá de las olas del Mediterráneo, más allá de la bóveda giratoria del sol, la luna y las estrellas. Subiendo aún más arriba que sus propios recuerdos y los giros fugaces de las palabras humanas, tendieron el espíritu hasta rozar aquella Sabiduría Eterna e inmutable por quien todas las cosas existen —Sabiduría donde no hay ayer ni mañana, sino únicamente el eterno Es.

¡Y allí, mientras hablaban y suspiraban por Ella, durante el espacio entero de un solo latido del corazón, madre e hijo tocaron levemente juntos aquella Vida Eterna! Luego suspiraron, dejaron atadas en lo alto las primicias de su espíritu y descendieron despacio otra vez al rumor de su propia voz humana —donde toda frase comienza y termina. Si callara todo tumulto de la carne, si enmudeciera toda imagen de la tierra, del mar y de los astros, si hasta el alma guardara silencio para escuchar directamente al Creador sin velos ni símbolos pasajeros, ¿acaso ese único latido prolongado por los siglos no sería el sentido exacto de la palabra Entra en el gozo de tu Señor?

Allí mismo, recostada sobre la piedra de la ventana de Ostia bajo el crepúsculo fresco, Mónica volvió sus pupilas limpias hacia su hijo y pronunció la despedida serena que desveló la razón entera de su paso por la tierra: Hijo mío, por lo que a mí toca, ya nada me produce atractivo en esta vida. Qué hago todavía aquí y por qué sigo aún en este mundo, no lo sé, una vez cumplida toda mi esperanza terrena.

Escuche la humildad victoriosa de las palabras siguientes de aquella viuda: Una sola cosa había por la cual deseaba detenerme un poco más en esta vida: verte cristiano católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con creces —pues te veo despreciar incluso la dicha terrena para hacerte siervo suyo. ¿Qué hago yo aquí? Durante tres décadas se había aferrado al aliento como centinela que se niega a abandonar su atalaya bajo la ventisca; en el instante en que su hijo estuvo a salvo dentro de la muralla de la gracia, la centinela bajó la lanza.

Apenas cinco días después de aquel coloquio en la ventana, una fiebre ardiente de las marismas derribó su cuerpo menudo. Una tarde perdió por completo el conocimiento; cuando Agustín y su hermano Navigio corrieron temblando junto al lecho, ella abrió despacio los ojos, preguntó ¿Dónde estaba? y, viéndolos mudos de dolor, pronunció una frase que estremeció la estancia: Aquí enterrarán a su madre. Navigio protestó al instante —rogaba que sanara para descansar en África junto al sepulcro de su esposo Patricio, tumba que Mónica había preparado con tanto esmero durante años en Numidia.

Mirando a Navigio con suave reproche antes de volver el rostro directamente hacia Agustín, la moribunda cortó la última hebra que la ataba al polvo del mundo: ¡Mira lo que dice! Pongan este cuerpo en cualquier parte; no les inquiete en absoluto el cuidado de él. Una sola cosa les pido: que se acuerden de mí ante el altar del Señor, dondequiera que se encuentren. Cuando unos amigos asombrados le preguntaron si no temía dejar sus huesos tan lejos de su patria al otro lado del mar, respondió con luminosa certeza pascual: ¡Nada está lejos de Dios, y no hay temor de que al fin de los siglos Él ignore de dónde ha de resucitarme!

Al noveno día de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su vida y treinta y tres de la vida de Agustín, aquella alma religiosa y fiel quedó desatada del cuerpo. El joven Adeodato rompió a llorar en voz alta hasta que la familia lo calmó; el propio Agustín contuvo cada lágrima con disciplina férrea durante toda la salmodia fúnebre y durante el Sacrificio Eucarístico ofrecido junto a la fosa antes de bajar el cuerpo a la tierra de Ostia —juzgando impropio llorar con desesperación pagana a un alma que no había muerto miserablemente, ni había muerto del todo.

Solo entrada la noche, a solas en su lecho tras rendirse al agotamiento, cuando el himno vespertino de san Ambrosio resonó en su memoria y recordó la ternura incansable de su madre en sus enfermedades y los treinta años en que lo había dado a luz por segunda vez entre lágrimas de fe, el futuro Doctor de la Gracia dejó por fin correr libre el llanto sobre la almohada delante solo de Dios —rogando a todos los lectores a través de los siglos, hasta ti esta noche, que recuerden a Mónica y a Patricio ante el Altar Eucarístico. Dieciséis siglos han pasado sobre el puerto de Ostia. Los imperios se volvieron ceniza, pero cada vela encendida hoy por un padre o una madre que reza en la oscuridad por un hijo lejano sigue ardiendo con la misma llama invencible: Vete en paz; el hijo de tantas lágrimas jamás se perderá.

✦ Palabra de Dios y Reflexión Nocturna
“10 (12) Oh Dios, ¡pon en mí un corazón limpio!, ¡dame un espíritu nuevo y fiel! 11 (13) No me apartes de tu presencia ni me quites tu santo espíritu. 12 (14) Hazme sentir de nuevo el gozo de tu salvación; sosténme con tu espíritu generoso,”
— Libro de los Salmos 51:10-12
Para Meditar en Silencio: Si hoy fuera la última tarde en que pudiera conversar a solas con la persona que más amo, como Santa Mónica y Agustín en la ventana de Ostia, ¿sería mi mayor desvelo dejarle bienes pasajeros o citarla ante el Altar del Señor para la Vida Eterna?

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