El Canto de un Niño Bajo la Higuera de Milán: Toma y Lee
Bajo el bochorno de agosto de 386 en Milán, el orador oficial del Imperio se desploma llorando al pie de una higuera, aplastado por sus propias cadenas —hasta que el estribillo de un niño tras la tapia guía sus dedos hacia Romanos 13.
El bochorno inmóvil de finales de agosto pesaba sobre el patio amurallado de Milán, pero el maestro imperial de retórica, a sus treinta y un años, temblaba entero como un náufrago arrastrado medio muerto sobre la grava. Hundiendo los diez dedos entre sus cabellos, clavándose las uñas en las sienes hasta dejar medias lunas rojas sobre la piel, Aurelio Agustín saltó del banco de piedra donde su inseparable amigo Alipio lo miraba en mudo sobresalto. Dentro de aquel pecho, la Verdad había dejado de ser disputa académica; se había vuelto un yunque de hierro aplastándole las costillas.
Detrás de él, sobre el asiento tibio de sol, quedaba un códice de pergamino cosido con las Epístolas del Apóstol Pablo —todavía abierto en la página exacta donde su pulgar tembloroso acababa de soltarlo. Mirado desde afuera, aquel verano de trescientos ochenta y seis nadie en todo el norte de Italia parecía más envidiable que Agustín: los cortesanos celebraban sus discursos ante el emperador, una boda acaudalada estaba concertada y el gobierno de una provincia romana quedaba al alcance de su mano. Por dentro, sin embargo, la visita inesperada de un alto oficial africano llamado Ponticiano acababa de reducir su palacio dorado a escombros.
¿Por qué sendero había llegado aquel orgulloso polemista maniqueo hasta semejante agonía luminosa? Dos años atrás, movido únicamente por la curiosidad profesional de comprobar si la célebre elocuencia del obispo Ambrosio merecía tanta fama, Agustín se había deslizado tras las columnas del fondo de la basílica de Milán. Fue a examinar cadencias latinas; la Verdad lo emboscó por el oído. Al ver a Ambrosio leer en silencio sin asomo de teatro y al escucharlo abrir el sentido espiritual del Antiguo Testamento —pues la letra mata, mas el Espíritu da vida—, Agustín vio desplomarse como yeso podrido cada burla maniquea contra la fe católica.
Muy pronto su inteligencia formidable quedó rendida por completo: la Iglesia Católica no enseñaba fábulas pueriles ni exigía ceguera irracional; Cristo, el Verbo Encarnado, era verdaderamente el único Mediador que los filósofos neoplatónicos divisaban de lejos sin tener la humildad necesaria para abrazar la Cruz. Pero si su mente ya veía el puerto con nitidez meridiana, ¿por qué seguían sus pies rehuyendo la pila bautismal? Porque señalar el muelle en un mapa y partir el grillete de hierro de la costumbre carnal son dos combates enteramente distintos.
Años después diagnosticó su propia parálisis en la confesión psicológica más punzante de toda la literatura cristiana: desde su primera juventud sus labios murmuraban a escondidas Dame castidad y continencia, pero... ¡todavía no! Temía que Dios lo escuchara demasiado aprisa y sanara la fiebre de la concupiscencia que su conciencia aborrecía, pero que su apetito aún no soportaba despedir. Dos voluntades —una vieja y terrena, otra nueva y espiritual— forcejeaban a muerte bajo el mismo cráneo, desgarrando su alma en dos mitades.
Aquella tarde de agosto, al reparar en el códice de san Pablo sobre una mesa de juego, Ponticiano había narrado la vida de san Antonio Abad en el desierto de Egipto —un joven sencillo que oyó leer un solo versículo del Evangelio en misa y lo entregó todo al instante— y cómo dos agentes imperiales en Tréveris, tras leer aquella biografía en una cabaña de huerta, habían roto en el acto ambiciones y compromisos de corte para consagrarse enteramente a Dios. Apenas salió el huésped, Agustín sujetó a Alipio del brazo con ojos encendidos contra sí mismo: ¿Qué nos pasa? ¡Se levantan los sencillos y arrebatan el Cielo, mientras nosotros, con toda nuestra erudición sin alma, nos revolcamos en carne y sangre!
Huyendo hasta el rincón más apartado del huerto para que ni siquiera Alipio presenciara su derrumbe, Agustín se arrojó de bruces sobre la hierba bajo la copa ancha y polvorienta de una higuera verde. ¿Recuerda la vela blanca que escapaba del puerto de Cartago en el primer capítulo? Durante treinta años su madre Mónica había regado gradas de altar con lágrimas por él; ahora, bajo las ramas de la higuera milanesa, el fugitivo rompía al fin las compuertas de su propio llanto. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo seguiré diciendo mañana y mañana? ¿Por qué no ahora mismo? ¿Por qué no poner fin a mi inmundicia en esta misma hora?
Viejas sombras sensuales tiraban suavemente del borde de su carne como voces susurradas a la espalda: ¿De verdad nos despides para siempre? ¿Desde este instante nunca jamás volverás a tocarnos? Sus dedos arrancaban puñados de césped seco. Con sus solas fuerzas no podía retroceder a la antigua mentira ni saltar el abismo. La gracia tenía que hablar desde fuera de aquella mente acorralada.
De pronto, por encima de la tapia de ladrillo caldeada por el sol desde la casa vecina, se alzó la voz limpia y cantarina de una criatura —niño o niña, jamás llegó a saberlo— repitiendo una y otra vez el mismo estribillo: ¡Tolle, lege! ¡Tolle, lege! ¡Toma y lee! ¡Toma y lee! Cortando el sollozo en seco, Agustín registró su memoria prodigiosa: ¿existía en toda Milán algún juego infantil callejero con aquellas palabras? ¡Ninguno! Recordando al instante cómo san Antonio había abierto el Evangelio recibiendo el primer versículo leído como mandato directo de Dios para su alma, se puso en pie de un salto.
Volviendo a grandes pasos hasta el banco de piedra donde Alipio aguardaba junto al códice olvidado de san Pablo, Agustín tomó el volumen de pergamino, lo abrió en silencio y clavó los ojos aún húmedos sobre las primeras líneas que halló: Actuemos con decencia, como en pleno día. No andemos en banquetes y borracheras, ni en inmoralidades y vicios, ni en discordias y envidias. Al contrario, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana. No quiso leer más. ¡Tampoco hacía falta una sílaba más! Al punto, como si una luz serena de certeza hubiera inundado cada estancia oscura de su pecho, todas las tinieblas de la duda se disiparon para siempre.
Señalando la hoja con el dedo, refirió con calma a Alipio cuanto acababa de suceder; su amigo leyó el renglón siguiente, se unió a la misma decisión en aquel instante, y ambos entraron directamente en la casa buscando a Mónica. Intente imaginar el semblante de aquella viuda de cincuenta y cuatro años en la habitación de Milán cuando el hijo que le había mentido en el muelle de Cartago cruzó el umbral y le dijo con voz queda: Madre, terminó la huida: pido el Bautismo católico. Ella saltó de júbilo bendiciendo al Dios capaz de conceder infinitamente más de cuanto sabemos pedir, cancelando todo plan mundano para su hijo —sin sospechar que apenas le restaban catorce meses de aliento en la tierra antes de que una ventana silenciosa en el puerto de Ostia se abriera ante los dos hacia la eternidad.
“Actuemos con decencia, como en pleno día. No andemos en banquetes y borracheras, ni en inmoralidades y vicios, ni en discordias y envidias. Al contrario, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana.”— Carta a los Romanos 13:13-14
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