La Espina en la Frente y una Rosa Roja Bajo la Nieve de Enero
Tras cuarenta años oculta en el claustro de Casia y quince años llevando en la frente la llaga abierta de una espina de Cristo, la anciana sor Rita recibió la respuesta visible del Cielo: una rosa carmesí brotada sobre su viejo rosal de Roccaporena en plena ventisca de enero de 1457.
En enero de 1457, el invierno cayó sobre las cumbres de Umbría con tal crudeza que el agua amanecía hecha piedra dentro de los cántaros de barro junto al jergón. Ráfagas heladas procedentes de los Apeninos silbaban por el estrecho ventanuco de la celda, sepultando de blanco los tejados antiguos de Casia. Tendida sobre un colchón angosto de paja arrimado al muro de cal, sor Rita, a sus setenta y seis años consumidos por el ayuno, pesaba apenas lo que una niña bajo el hábito negro de San Agustín. Una prima suya venida desde la aldea natal de Roccaporena acababa de cruzar seis kilómetros de senda nevada para verla y se inclinó sobre la almohada preguntándole si deseaba alguna última cosa en esta tierra.
Los labios agrietados de la anciana religiosa dibujaron una sonrisa mansa. Su voz sonó tenue como un hilo de aire, pero clara en cada sílaba: «Cuando bajes hoy de regreso a Roccaporena, entra un momento en el huerto pequeño detrás de mi antigua casa. Junto a la tapia de piedra sigue aquel viejo rosal... córtame por caridad una rosa, y tráeme también dos higos maduros de la higuera de al lado». La parienta tragó saliva escondiendo una lágrima de lástima. En pleno enero, toda la garganta del Valnerina dormía bajo medio metro de nieve dura, y las ramas secas se partían como cristal al tocarlas. Dando por hecho que la fiebre postrera hacía delirar a su prima, dijo que sí para consolarla, se apretó el mantón de lana sobre los hombros y salió al temporal.
Para entender por qué aquel encargo aparentemente imposible había salido de su boca con tanta paz, hay que recorrer los cuarenta años escondidos tras la puerta del Monasterio de Santa María Magdalena. Ya en su primer año de noviciado, cuando Rita ingresó a los treinta y seis años, la madre superiora quiso comprobar si la mujer que había sentado a dos linajes armados a firmar la paz sabía doblar el propio juicio en lo pequeño. Le puso un cántaro en las manos y señaló un palo seco de vid muerta clavado en el patio interior: «Riega este leño cada mañana y cada tarde». Durante doce meses seguidos, bajo el sol abrasador de agosto o la escarcha de diciembre, ante las miradas perplejas de las monjas jóvenes, Rita vertió agua del pozo sobre aquella madera muerta, hasta que una mañana de primavera la corteza gris reventó en yemas verdes y dio vida a la célebre parra centenaria que aún da racimos en el claustro de Casia.
Pero aquel sarmiento resucitado fue tan solo el pórtico de sus últimos quince años de sangre y silencio. El Viernes Santo de 1442, tras escuchar en la plaza de Casia la predicación encendida de San Jaime de la Marca sobre la Corona de Espinas del Redentor, Rita volvió al coro interior y cayó de rodillas ante el gran Crucifijo de madera. Ella, que había conocido en carne viva la espina de un matrimonio tormentoso, la espina del esposo acuchillado, el entierro de sus dos hijos y el odio de los bandos, no pidió descanso. Abrió los brazos en la penumbra y musitó: «Señor mío Jesucristo, déjame llevar siquiera una sola espina de Tu frente ensangrentada por la conversión de las almas más cerradas».
En ese preciso instante, cuentan las crónicas antiguas del convento, un rayo luminoso saltó desde la corona del Crucificado y clavó una espina ardiente en el lado izquierdo de la frente de aquella monja de sesenta y un años. Rita cayó de bruces sobre las losas bañada en sangre. La herida jamás cerró durante los quince años siguientes, salvo unas breves semanas del Año Santo Jubilar de 1450, cuando Dios cicatrizó temporalmente la llaga para que pudiera caminar en peregrinación obediente hasta Roma sin despertar tumultos por las posadas. Apenas cruzó de vuelta el umbral de Casia, la úlcera volvió a abrirse honda, punzante y con un olor de supuración tan fuerte que la propia Rita suplicó vivir retirada en una celda apartada al fondo del pasillo para no incomodar a sus hermanas.
Quince años recluida a solas con una herida abierta en el hueso frontal sin que nadie le escuchara una sola queja. Sustentada apenas con pan negro, agua clara y el Pan Eucarístico, el mundo exterior de Rita se había reducido al ancho de una estera de esparto; su intercesión, en cambio, sostenía comarcas enteras a través de la sierra. Enfermos desahuciados y matrimonios rotos dejaban esquelas en el torno pidiendo sus oraciones. Y ahora, en aquella tarde cenicienta de enero de 1457, su prima caminaba hundiendo los zapatos por el sendero estrecho junto al río Corno helado, pasando exactamente frente al viejo molino mudo donde, treinta y nueve inviernos atrás, la sangre de Paolo Mancini había empapado la grava.
Al llegar al pie del peñasco del Scoglio, la mujer divisó el cercado viejo del huerto abandonado de los Mancini. Estuvo a punto de pasar de largo rumbo a su propia lumbre, pero un tirón interior le detuvo los pies y la empujó a abrir la cancela crujiente cubierta de escarcha. El cierzo quemaba las orejas. Todo el pequeño bancal yacía bajo una sábana blanca intacta, sin huella siquiera de gorrión. Entonces, al girar la vista hacia el rincón de la tapia de piedra seca donde el tronco retorcido del viejo rosal silvestre alzaba sus varas negras, la prima se quedó clavada sin respiración.
¡En mitad de las ramas espinosas cargadas de nieve espesa, una sola rosa de terciopelo rojo vivo desplegaba sus pétalos frescos, ardiendo como una ascua encendida en el corazón del invierno! Diminutos cristales de hielo brillaban sobre la corola abierta, cuyo aroma dulce cortaba el aire helado del barranco. Volviéndose temblorosa hacia la higuera desnuda arrimada a la peña contigua, vio colgar entre carámbanos transparentes dos higos maduros, tiernos y oscuros como en agosto. No cabía engaño de los ojos. ¡El mismo rosal bravío donde la joven recién casada Margherita se había pinchado los dedos rezando por la conversión de Paolo medio siglo antes —testigo mudo de tres ataúdes y de toda una viudez— acababa de florecer por mandato directo del Creador!
Abrigando la rosa y los dos higos bajo el pliegue del mantón de lana, la prima desanduvo casi corriendo los seis kilómetros cuesta arriba hasta Casia antes de que cerrara la noche. Cuando puso aquella flor encarnada entre los dedos traslúcidos de Rita, ante el asombro mudo de la abadesa y de toda la comunidad agolpada en llanto junto a la puerta, la celda glacial se inundó de olor a huerto en mayo. Rita acercó despacio los pétalos frescos a la llaga de su frente y dejó rodar dos lágrimas calladas por sus mejillas hundidas. Aquella rosa no era un prodigio decorativo; era una carta firmada por Cristo asegurándole que Paolo, Giangiacomo y Paolo Maria florecían vivos en la primavera eterna de Dios, y que ni una sola gota de perdón se había perdido bajo la nieve.
Cuatro meses después, el 22 de mayo de 1457, Santa Rita entregó su espíritu al Señor mientras las campanas de Casia anunciaban el tránsito de una gran santa. Al expirar, la llaga que había partido su frente quince años se cerró, trocándose en un sello color rubí que desprendía una fragancia desconocida por el claustro. Su cuerpo incorrupto sigue venerándose en la Basílica de Casia, y en 1900 el papa León XIII la canonizó llamándola la «Perla Preciosa de Umbría».
Desde entonces, millones de creyentes en España, América y el mundo entero acuden a Santa Rita como Abogada de las Causas Imposibles. Entendida con fe católica madura, bendecir rosas cada 22 de mayo nada tiene de amuleto mágico. El secreto vivo de Santa Rita es más hondo: cuando un hogar quebrado, un hijo extraviado o un diagnóstico oscuro congela la vida como un enero sin salida, ella nos lleva al pie de la Cruz, donde quien rechaza el rencor y une su espina a Cristo comprueba que Dios sigue abriendo rosas sobre el leño más seco.
“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito.”— Carta a los Romanos 8:28
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