La Oración de la Tarde y Pasos Bajo la Lluvia de Noviembre
Al bajar del autobús nocturno sin nada de qué presumir, el hijo cansado divisa una pequeña luz ámbar entre la llovizna y descubre el rostro del perdón.
Era un martes frío de finales de noviembre cuando el joven bajó en el cruce del pueblo con una sola mochila gastada y los zapatos mojados. Todos los discursos de disculpa que había ensayado durante seis horas de viaje se deshicieron en su garganta. Se dijo a sí mismo que solo pasaría frente a la cerca para comprobar que su madre estaba bien y marcharía al amanecer.
Pero al doblar el sendero, contuvo el aliento. Todas las casas de la calle dormían a oscuras bajo la lluvia, menos una. Detrás del marco de madera de su infancia ardía una llama dorada y firme, proyectando la silueta de una pequeña cruz sobre el cristal húmedo.
Detenido bajo el alero, escuchó la voz suave de su madre terminando la Salve y añadiendo la misma súplica pronunciada durante más de dos mil quinientas noches: «Señor, cuídalo dondequiera que duerma esta noche y tráelo a casa cuando esté cansado». Antes siquiera de que sus dedos golpearan la madera, la puerta se abrió.
No hubo reproches en el umbral ni cuentas del pasado; solo unos brazos frágiles envolviendo sus hombros empapados con una toalla seca y el aroma de té caliente en la cocina. Junto a aquella pequeña vela, comprendió por primera vez cómo aguarda Dios Padre el regreso de cada hijo.
“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.”— Lucas 15,20
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