Dos Súplicas Pidiendo la Muerte en la Misma Tarde y el Guía a la Puerta
En la misma tarde ventosa del Imperio asirio, un anciano ciego apoya la espalda contra el muro de adobe de Nínive tras enterrar cadáveres a escondidas, mientras a mil kilómetros de allí, en las cumbres de Ecbatana, una joven sube al piso alto tentada de quitarse la vida.
El mismo viento seco de la tarde golpeaba dos rincones remotos del Imperio asirio. En Nínive, junto a la ribera oriental del río Tigris, el anciano Tobit tanteaba las baldosas agrietadas de su patio con ambas pupilas cubiertas por nubes blancas que ya no distinguían la llama de una lámpara de la noche cerrada. Casi mil kilómetros al noreste, cruzando las gargantas de roca de los montes Zagros hasta la meseta fría de Ecbatana, a mil ochocientos metros de altura, la joven Sara subía temblando los peldaños hacia la alcoba alta de la casa paterna pensando en colgar una soga de la viga del techo. Dos personas que jamás habían oído el nombre de la otra. Dos pechos llevados al límite extremo del dolor humano. Y en aquel minuto exacto, ambos alzaron el rostro bañado en llanto pidiendo a Dios que les quitara la vida.
La herida del viejo Tobit dolía el doble porque no provenía de un delito, sino de una caridad heroica. Deportado de la tribo de Neftalí a la capital asiria, cuando el rey Senaquerib arrojaba los cuerpos de los israelitas ejecutados al pie de las murallas prohibiendo sepultarlos bajo pena de muerte, Tobit se jugaba la garganta recogiendo aquellos cadáveres para esconderlos de día en su casa y cavarles tumbas dignas de noche. Denunciado ante la corona, le confiscaron todos sus bienes. Tiempo después, en plena fiesta de Pentecostés, frente a una mesa abundante recién servida, bastó que su hijo le avisara de otro compatriota estrangulado y tirado en la plaza para que Tobit se levantara sin probar bocado y saliera en ayunas a recoger al muerto entre lágrimas.
Aquella noche de verano en Nínive pesaba como plomo caliente. Como había quedado impuro según la Ley mosaica por tocar un cadáver, el anciano exhausto se recostó a dormir afuera, junto al muro de barro del patio, con la cara descubierta. Arriba en la cornisa unos gorriones se removieron en el nido y dejaron caer estiércol tibio directamente sobre sus ojos abiertos. Un ardor punzante le abrasó los párpados. Cuanto más aplicaban colirios los médicos de la ciudad, más gruesas se volvían las manchas blancas sobre sus córneas hasta hundir al hombre justo en cuatro años de ceguera absoluta.
El hambre comenzó a rondar la mesa. Ana, su esposa abnegada, pasaba los días inclinada sobre el telar tejiendo lana por encargo para traer grano a casa. Una tarde sus patronos le regalaron además un cabrito encima del jornal; al oír los balidos en el patio, el esposo ciego, temiendo que la miseria la hubiera empujado a recibir algo robado, porfió sin descanso exigiendo devolver el animal. Agotada tras cuatro años cargando sola con el hogar, Ana soltó una frase que partió el pecho de Tobit como vidrio roto: “¿Dónde están ahora todas tus limosnas? ¿Dónde quedaron tus obras de caridad? ¡Bien a la vista tienes lo que has sacado de ellas!”. Ningún golpe hiere tan hondo como ver ridiculizada la propia fidelidad a Dios dentro de casa cuando uno está a oscuras.
Exactamente a esa misma hora en que Tobit lloraba en el patio de Nínive, allá arriba en Ecbatana de Media una criada de la casa de Ragüel escupía en la cara de su joven señora Sara un insulto igual de cruel: “¡Tú eres la que mata a tus maridos! Ya te casaron con siete hombres y de ninguno llevaste el nombre porque murieron antes de tocarte. ¿Por ellos nos vas a azotar a nosotras? ¡Ojalá jamás veamos hijo ni hija nacidos de tu vientre!”. Sara se quedó helada. Siete veces se había puesto el velo nupcial y siete veces había salido de la alcoba entre gritos de entierro porque el demonio Asmodeo daba muerte a cada esposo antes de consumarse la unión.
Sara subió corriendo al cuarto superior con las mejillas empapadas, clavando los ojos en el madero del techo. Un solo lazo bastaría para callar de una vez las lenguas venenosas de toda Ecbatana. Pero en el segundo exacto en que sus dedos temblaban frente al abismo, el rostro arrugado de su padre Ragüel —que no tenía otro hijo ni heredero bajo el sol— apareció nítido ante su corazón. ¡Si ella se colgaba esa tarde, hundiría las canas de su padre en el sepulcro bajo una vergüenza insoportable! La piedad filial detuvo los pies de Sara al borde de la muerte. Se apartó de la viga, se volvió hacia la ventana y tendió los brazos suplicando con el alma desnuda ante el Dios de sus padres.
El Libro de Tobías descorre entonces el velo del mundo invisible con dos versículos sobrecogedores: en ese preciso instante, las dos plegarias separadas por mil kilómetros de montañas llegaron juntas ante la presencia gloriosa de Dios. El Altísimo no les concedió el sepulcro que pedían en su agotamiento; dispuso una doble curación que ningún cálculo terreno habría soñado. Desde el trono divino fue enviado el santo Arcángel Rafael —nombre hebreo que significa literalmente “Dios sana”— para limpiar las nubes blancas de los ojos de Tobit y rescatar a Sara de la atadura maligna, dándola por esposa a Tobías, el único hijo del anciano ciego.
Sin sospechar que el cielo se había puesto en marcha, Tobit entró a tientas pensando preparar su despedida. Recordó diez talentos de plata —casi trescientos kilos— dejados años atrás en manos de Gabael, en Ragués de Media. Llamó a su hijo Tobías, le dio consejos de rectitud y limosna, y puso en su mano la mitad del recibo partido como contraseña. “Hijo mío, busca un guía fiel que suba contigo a Media para recuperar ese depósito antes de mi muerte”.
Tobías apenas cruzó la puerta y se detuvo en seco. Frente al umbral, con la túnica ceñida para marchar, aguardaba un joven de mirada limpia. Ni un trueno. Ni un fulgor cegador. El ángel se presentaba como un pariente israelita llamado Azarías, conocedor de cada sendero hasta Ragués y Ecbatana. Presentado ante el padre ciego por una dracma diaria más el sustento, tranquilizó a Tobit: “No temas; sano llevaré a tu hijo y sano te lo traeré”.
Al alba siguiente, entre el llanto de la madre Ana viendo partir el único apoyo de su vejez, los dos jóvenes echaron a andar. La Escritura anota allí un detalle único en toda la Biblia: el perrito de la casa salió tras ellos acompañándolos legua tras legua. Al caer la tarde junto al río Tigris teñido de bronce, Tobías bajó a refrescar sus pies en el agua.
¡El río estalló en espuma! Un pez enorme saltó del fondo intentando tragarse el pie del muchacho. Tobías gritó, pero Azarías ordenó firme desde la orilla: “¡Agárralo sin miedo y arrástralo a tierra seca!”. Tobías sacó al gran pez sobre la grava y, siguiendo la orden del guía junto a las brasas, abrió su vientre para guardar envueltos en el morral el corazón, el hígado y la hiel amarga.
Mientras asaban pescado bajo las cumbres oscuras de Media, Tobías preguntó admirado: “Hermano Azarías, ¿qué remedio guardan el corazón, el hígado y la hiel de este pez?”. El caminante respondió con secreto celestial: el humo del corazón y del hígado sobre carbones ahuyenta toda opresión demoníaca para siempre, y la hiel unge ojos cubiertos de nubes blancas hasta devolverles la luz. Al día siguiente entrarían en Ecbatana, directo a la casa de la joven que había enterrado a siete prometidos.
“En ese momento las oraciones de Tobit y de Sara llegaron a la presencia gloriosa de Dios, quien las escuchó y envió al ángel Rafael a curar a los dos: a sanar a Tobit de las nubes que tenía en los ojos, para que así pudiera volver a ver la luz de Dios, y a librar a Sara, la hija de Ragüel, de Asmodeo, el demonio malvado, y dársela como esposa a Tobías, el hijo de Tobit. En efecto, Tobías tenía más derecho a casarse con ella que cualquier otro pretendiente. En el mismo momento, Tobit, que estaba fuera, entraba en su casa, y Sara bajaba de la parte alta de la suya.”— Libro de Tobías 3:16-17
Lleva Esta Reflexión a la Oración
Enciende una vela gratuita de 24 horas por tus seres queridos o entra a orar en la Capilla 3D.